El día que mi compañera de viajes y yo llegamos a los Bonales - LETRAS EMERGENTES
5/septiembre/2026

El día que mi compañera de viajes y yo llegamos a los Bonales

Mi amigo y querido maestro Víctor Pelli nos visitó en Sevilla, para impartir la conferencia inaugural del máster de gestión social del hábitat, en otoño de 2006. Terminados los deberes académicos, Elisa y yo le propusimos ir a conocer la Sierra de Aracena y admirar su arquitectura popular. Le encantaron esos pueblos y le surgió la pregunta sobre cual era la base de su economía. ¿Cómo podían los recursos del territorio sostener vivos estos pueblos? Es un territorio muy rico en recursos forestales y ganaderos que, complementados con su huerta y su producción de biomasa como sustento energético, había logrado la base de una subsistencia y la construcción de una cultura hermosa, de la que eran expresión estos pueblos blancos cubiertos de teja de suelos bellamente empedrados. Pero ¿qué ha pasado con la industrialización primero y con la globalización económica neoliberal después?

Empecé a trabajar en 1987, el último año de la carrera de arquitectura, con el ingeniero Miguel Vidal, socio entonces del geógrafo y economista Juan Requejo. Juan dirigía el Plan de Desarrollo Rural de la Sierra de Aracena y a mí me gustaba seguir sus avances. Le hablé de ello a Víctor, pero no acabó del todo convencido de mi respuesta. ¿Cómo es posible mantener vivos estos pueblos tras la migración campo ciudad y con el impacto de una globalización que socava las bases de una economía basada en los recursos del territorio?

A partir de esa excursión, ya de vuelta en Resistencia, en nuestra correspondencia siempre acaba preguntándome por mi compañera de viajes, Elisa. En algún momento le había dicho que nuestros viajes y senderos compartidos empezaron en el bachillerato, en 1980, en Granada. Nuestra primera excursión había sido con nuestro amigo Santiago Guerrero a Los Cahorros, en Sierra Nevada. Y nuestro primer viaje, compartiendo asiento en un autobús, fue precisamente atravesando la Sierra de Aracena en la ruta hacia Lisboa, como viaje de estudios.

Para un granadino acostumbrado a la sequía pertinaz de la Andalucía Oriental, fue una sorpresa mayúscula atravesar el verdor de esta sierra de la Andalucía Occidental. Fue un amor a primera vista. Con el correr de los años, establecidos ya como pareja en Sevilla, no hemos dejado de volver cada año a la Sierra de Aracena. Es nuestro lugar favorito para escapadas del día o de fin de semana. Cuando organizamos la celebración del cincuenta aniversario de bodas de los padres de Elisa, reservamos una casa para toda la familia en Fuenteheridos. Siempre habíamos tenido el sueño difuso de algún día comprar una casa en la Sierra.

Ese sueño despertó cuando le llegó la ocasión, con mi jubilación. Y se empezó a fraguar, sin yo sospecharlo, en una parte de la Sierra apartada de los circuitos principales, en la subcomarca conocida como Sierra Minera, que desde Santa Olalla del Cala se adentra atravesando valles camino de Badajoz por Cala hasta llegar a Arroyomolinos de León.

Fue nuestra amiga y ex alumna de esa primera edición del máster, la arquitecta de pueblo, así le gusta llamarse a sí misma, Rosario Alcantarilla, quién nos propuso trabajar en este pueblo el caso de estudio, de investigación acción participativa, del proyecto REVIVE, Reto Demográfico y Vivienda. Estábamos entonces empezando a liberarnos de las mascarillas del COVID-19. Pitu, así la llamamos los amigos, había promovido con su pareja, Bosco, la primera comunidad energética rural justamente en este pueblo. Allí había surgido también la empresa Alma Natura, centrada en el desarrollo rural, con programas innovadores de acompañamiento para profesionales que quieren dejar la ciudad y empezar una nueva vida en el medio rural. Reunía las condiciones que buscábamos. Lenta, pero continua, pérdida de población al tiempo que la vivienda, a pesar de sobreabundar la vacía, es uno de los principales obstáculos para fijar y atraer nueva población. Hay escasez de oferta de viviendas asequibles y las que se rehabilitan con frecuencia se destinan a segunda residencia o uso turístico. Y sobre todo, había iniciativas sociales y públicas en marcha tratando de revertir la situación.

El proyecto de investigación nos permitió crear dinámicas participativas para hacer el diagnóstico y diseñar las estrategias de acción. Y esto nos sirvió de base para continuar colaborando con los agentes del territorio, ayuntamiento, asociaciones, colegio, empresas locales, con nuestros estudiantes de grado y de postgrado en el proyecto Arroyomolinos en Transición. El tema de este proyecto era dar respuesta a la pregunta que casi veinte años atrás me hiciera Víctor y continuar, por otra parte, el trabajo que iniciara Juan Requejo, con el que contamos como asesor experto, cerrando el círculo.

Con estos antecedentes, a final de la primavera de 2026, mi primera primavera como profesor jubilado activo, empezamos a pensar en invertir nuestros ahorros en la compra de una casa en la Sierra que nos permitiera disfrutarla en familia y alquilarla cuando no la usemos. Buscamos y revisamos toda la oferta de casas de la Sierra de Huelva y la de Sevilla. No encontrábamos nada en presupuesto que fuera habitable. No queríamos meternos en el lío de pedir préstamos para rehabilitar. Y de pronto, en la búsqueda apareció una casa encantadora en una aldea alejada de Arroyomolinos de León, en Los Bonales, que entraba dentro de nuestro límite presupuestario.

Nos cautivó a los dos, nos pusimos en contacto con los propietarios, Conchi y Rafa y nos fuimos a visitarla. Rafa nos dio las instrucciones necesarias para que el GPS no nos gastara una mala pasada. Tomamos la ruta de la Plata hasta Monesterio y seguimos indicaciones para Tentudía. La carretera atraviesa las dehesas y se refresca con la vista del embalse de Tentudía. A la altura de Calera de León se toma el desvío que sube por una serpenteante carretera de montaña hacia el monasterio. Antes de llegar a la cima, se toma la carretera panorámica que va hacia Cabeza la Vaca y, ahora sí, siguiendo al GPS, a la altura del Puerto de los Ciegos, tomamos el camino de tierra que conduce a la aldea entre robles y vistas de planos interminables de montaña de la Sierra de Aracena.

Dejamos el coche a la sombra de un nogal, junto a la casa. Habíamos avisado a nuestro vecino Francisco, ganadero que sube allí a trabajar todas las mañanas, de lunes a domingo, a quién Conchi y Rafa habían dejado las llaves. Se nos acercó amablemente con sus perros que rápidamente nos admitieron como amigos. Nos abrió la casa y nos dejó solos para verla tranquilamente. Pusimos en escala su espacio de doble altura, rehabilitado con mimo por Rafa y Conchi. La atmosfera acogedora que habíamos percibido en las fotos nos envolvió. Y en el jardín, el silencio de ciudad, la música de los pájaros, el mugir de nuestras vecinas con sus terneros falderos, nos convenció. Este era el lugar que buscábamos sin saber que existía

Esteban de Manuel Jerez
Soy profesor de la Universidad de Sevilla y activista social por el derecho a la ciudad y la Justicia Global. Premio del concurso internacional Dubai ONU-HABITAT de Mejores Prácticas de Políticas Urbanas Nacionales. Cofundé la revista científica Hábitat y Sociedad. Soy responsable del grupo de investigación ADICI especializado en Investigación Acción Participativa y Aprendizaje y Servicio aplicados a la Producción y Gestión Social del Hábitat. Co-fundador de Arquitectura y Compromiso Social (1993-2015) Colaboro con la consultora Taller Ecosocial. Publico ensayos de opinión en El Pais, ABC, Diario.es, El Salto Diario, Diario de Sevilla, Sevilla Directo y periódico IDEAL de Granada

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