Los mantecados de Tía Mari - LETRAS EMERGENTES
26/diciembre/2025

Los mantecados de Tía Mari

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El primer alimento que entró en la boca de María Luisa Caracuel fue una onza de chocolate. Su madre, María Capilla había acabado tan débil después de su duodécimo parto que no tenía fuerzas para darle el pecho. Corría el día veinticinco de noviembre del año mil novecientos catorce. Su hija mayor, Antonia, que contaba dieciocho años, cogió al bebé en brazos y le dijo a su madre:

  • No te preocupes mamá, yo me ocupo de ella, descansa tranquila.

María Luisa lloraba desconsoladamente en la cama de su madre. Antonia la cogió en sus brazos, la sacó del dormitorio y se la llevó a la cocina. Angustiada se preguntó, ¿Qué le doy a la niña? Recordó que tenían una tableta de chocolate y no se lo pensó. La cogió y se sentó junto a la ventana y le habló dulcemente.

  • No llores María Luisa que te voy a dar una cosa muy rica.

Antonia le acercó el chocolate a la boquita y ella lo chupó y rechupó mientras aspiraba el olor a puchero que llenaba de aromas la cocina. Al llegar la noche Antonia se me metió en la cama con María Luisa y la durmió acurrucada contra ella dando chupetones a otra onza de chocolate.

Recibir su primer alimento entre pucheros en los brazos amorosos de su hermana marcó su vida. El chocolate la hizo ser una mujer de una generosidad y una fortaleza extraordinarias.  María Luisa agradeció esos primeros cuidados dedicando toda su vida a cuidar a los demás. Y los cuidaba principalmente desde su cocina.

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El olor a harina tostada llenaba todo el soleado quinto piso de República Argentina. Sentados en la mesita de camilla del salón, Elisa y yo mirábamos por la ventana hacia el palacio de San Telmo, en la otra orilla del río Guadalquivir. Las torres de la Plaza de España emergían al fondo de entre la frondosa selva del parque de María Luisa.

Estábamos disfrutando de un breve descanso por el puente de la Inmaculada, allá por el mil novecientos ochenta y cuatro. Elisa había venido en tren de Granada y como siempre se quedaba en casa de sus tías y de su abuela Antonia. Tía Mari había organizado hacer ese puente los mantecados de Navidad y quería que nosotros participáramos de la tradición, con la esperanza de que un día la continuáramos.

Todas las navidades ella hacía los mismos mantecados de manteca y almendras que había aprendido hacer de su hermana mayor, Antonia, que a su vez los aprendió de su madre Capilla y ella de su madre Antonia, la tatarabuela de Elisa, maestra como su abuela Antonia.

Tía Mari me llama desde la cocina.

  • Esteban, ya puedes venir a amasar los mantecados.

Elisa y yo nos levantamos y recorrimos el pasillo hasta la amplia cocina, ubicada en la entrada de la vivienda, iluminada desde el patio tendedero. Concha, de espaldas a la puerta, con su pelo blanco recogido en un moño, protegida con un delantal de cuadros celestes y blancos estaba fregando los trastes de la comida. Tía Mari nos esperaba de frente, junto a la encimera en la que había dispuesto el enorme lebrillo de cerámica granadina que le habíamos regalado, con ribetes pintados en verde y azul. Una generosa porción de manteca de cerdo coronaba la montaña formada por la harina ya mezclada con las almendras molidas y el ajonjolí, tostados, el cacao y la canela.

  • Te toca, Esteban, ya lo puedes amasar todo.
  • ¿Cómo lo hago?

Tía Mari metió sus carnosas manos en el lebrillo y las abría y cerraba cogiendo grandes puñados de harina y manteca que escurrían entre sus dedos.

– Así, una y otra vez hasta que todo esté bien mezclado. Se tiene que derretir la manteca.

Se limpió las manos, se las secó en el delantal y se hizo a un lado para observar como lo hacía yo. Hundí las manos en la montaña atrapando una buena porción de manteca y harina. Las cerré sintiendo cómo se iba trabando la harina con la manteca, escurriendo entre mis dedos. Elisa, a mi lado, miraba con atención.

– Si, así está muy bien.

Cogí otro gran puñado con las manos abiertas, apreté y dejé que la mezcla fluyera entre los dedos separados. Me inundaba una sensación muy placentera, compuesta de olores vivificantes, un tacto singular, sintiendo la emoción de participar en una tradición familiar que se pierde en el tiempo y la satisfacción de aprender a hacer ese dulce que desde niño es para mí objeto del deseo. Repetí la operación una y otra vez. Pronto me di cuenta de que aquello era laborioso. Había mucha harina que mezclar, mucha manteca que derretir y trabar bien. Tía Mari vigilaba la consistencia de tanto en tanto mientras recogía con Concha la cocina.

  • ¿Así está bien?
  • Un poco más

Seguí amasando hasta que tía Mari me dijo, ¡ya está bien!

  • Creo que nos hemos pasado. Has dejado la masa demasiado blanda. Tienes las manos muy calientes. No importa, la dejamos un rato hasta que endurezca lo suficiente para moldear los mantecados. Iros al salón, ahora os aviso.

Al cabo media hora nos volvió a llamar a la cocina.

  • Ya podemos moldear. Primero hay que poner una bola de la masa en la tabla y pasarle el rodillo. Así, para darle el espesor que queremos. A mi no me gustan muy gruesos. Así está bien. Ahora Elisa, puedes empezar a moldearlos.

Le dio a Elisa un cilindro de hojalata con el que iba cortando círculos de poco mas o menos un centímetro de espesor, los iba colocando en una bandeja para hornearlos. Los ya horneados me los pasaban a un plato dónde me encargaron espolvorearlos con azúcar glaseada, tamizada con un colador. Tía Mari iba cogiendo del plato los mantecados, los envolvía en papel de seda y los iba colocando en una gran caja de latón. Había mantecados suficientes para regalar y para acompañar a todas las comidas de Navidad.

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Tía Mari estuvo haciendo esos mantecados todos los años hasta la última navidad de su vida, la del invierno de dos mil ocho. Nos dejó la madrugada del treinta y uno al uno de enero, mientras dormía.

Habíamos quedado para comer ese primer día del año en su casa, pero nos despertamos con una llamada de su sobrino José Carlos, que pasó la noche con ella, y que nos anunció su triste fallecimiento. No lo podíamos creer. Fue el comienzo de año más triste de nuestras vidas. A sus noventa y cuatro años todavía se sentía con fuerzas y ánimo para congregar en torno a su mesa, con su pavo trufado para Nochebuena y su pepitoria para Navidad, a toda la familia Caracuel. La cena siempre terminaba en torno a sus mantecados y una copita de licor. Los últimos años de su vida ella había descubierto el de Vodka Caramelo que la volvía loca y le ponía un puntito todavía más alegre. Así fue nuestra última Navidad con ella. Desde entonces la Navidad está asociada especialmente a su recuerdo.

Tía María Luisa, la pequeña de una familia de la que sobrevivieron cinco de los doce hermanos, era una mujer excepcional por su vitalidad, su alegría de vivir, su buena disposición para ayudar siempre a los demás, su preocupación y cuidado por todos los de su familia, su energía y determinación.

No tuvo una vida fácil. Trabajó como funcionaria de la Diputación de Sevilla dónde conoció a Manolo con quién se casó tras catorce años de largo noviazgo, cuando la madre de Manolo estaba postrada en la cama y precisaba que alguien la cuidara. Cuidó a la madre de Manolo y luego al propio Manolo que murió de cáncer.

Luego al cabo de los años cuidó a Antonia, su hermana mayor, la abuela de Elisa, y a su hermana Blanca que tuvo una larga demencia senil. Todo ello hubiera amargado la vida de cualquiera. Pero tía Mari supo llevarlo manteniendo la serenidad y la alegría. Disfrutó mucho de la vida, de sus sobrinas primero, de sus sobrinos nietos después y finalmente de sus sobrino-bisnietos, entre los que estaban nuestros hijos Guillermo y Miguel.

Disfrutó mucho de su corto matrimonio con Manolo, de su piso de República Argentina, siempre abierto a las visitas de amigas y familiares, de su casa de Tomares, con sus gallinas y su huerta y del apartamento de Chipiona donde las cuatro hermanas pasaban los largos veranos desde que se jubilaron contemplando el mar desde su amplia terraza en primera línea de playa.

Podría haber sido generala del ejército si hubiera vivido en otros tiempos. En Sevilla era nuestra jefa de familia. Era la matriarca. La visitábamos y comíamos con ella cada fin de semana. Y llamaba cada día al menos dos veces para preguntar y hablar con sus adorados Guillermo y Miguel.

Dejó una gran huella en nuestras vidas. Y luego un hueco enorme. Dejar de oír su voz en el teléfono cada mañana y cada noche hizo presente su gran ausencia. Durante años evitamos pasar por República Argentina. Nos dolía mirar el comienzo de la calle, el balcón desde el que ella disfrutaba las vistas del río Guadalquivir y del Parque que lleva su nombre, frente al cual vivió en la casa de la familia de La Borbolla los años en que estuvo casada.

Aquellos exquisitos mantecados de tía Maria Luisa llegaron a Granada. Tía Mari envió una caja a mis padres junto con la receta. Mi madre los hizo varios años y los incorporó al libro de recetas que todos los hermanos tenemos en nuestras casas.

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Esta navidad de dos mil veintitrés Elisa había planificado al milímetro las comidas de Navidad. Había escrito en un documento de varias páginas qué íbamos a cocinar cada día y que era preciso comprar y dónde. No había tiempo este año, tampoco, para hacer los mantecados de tía Mari. Además, Miguel, no iba a poder participar. En el restaurante Alabardero están a tope estas fechas y en su tiempo libre, lógicamente, lo último que quiere es seguir haciendo repostería.  

Este cuatrimestre ha sido terriblemente exigente para mí y la última semana del cuatrimestre venía muy cargada de clases hasta el mismo viernes, pero el miércoles podría hacer un hueco, pensé. Y así lo hice. Volví de la escuela de arquitectura a las dos y cuarto de la tarde. Subí directamente a la cocina, cogí del estante el libro de recetas de mi madre. Su foto de portada, en la cocina de los Ogíjares decorando con un pincel y huevo un pastel de Cierva, me trasladó a aquella cocina dónde tantas veces había visto a mi madre cocinar y a la que me gustaba ayudar como pinche desde niño. Hoy iba a cocinar guiado por mi madre y en memoria de tía Mari. No iba a ser perfecto, no iba a ser un tiempo disfrutado tranquilamente, en familia, con Elisa y Miguel, pero al menos iba a ser.

Avancé las páginas y encontré la receta por la letra m, Mantecados de María Luisa (tía de Elisa) a continuación de los Mantecados de la Abuela Estrella, que hicimos el año pasado. Repasé los ingredientes y leí el proceso. Hacía demasiados años que la receta dormía esperando su momento.

Decidí empezar por poner a hervir agua para escaldar las almendras y quitarles más fácilmente la piel.  A continuación, pesé un kilo de harina y distribuí aproximadamente la mitad en la bandeja del horno. Mientras se horneaba la harina pesé el ajonjolí para tostarlo después de la harina. Pesé el azúcar y saqué un molinillo para glasearla en varias tandas. La fui vertiendo en otro bol.

De vez en cuando abría el horno y removía la harina con una paleta de madera, protegido con un guante. A los quince minutos me parecía que la harina no estaba suficientemente tostada y decidí subir la temperatura. La cocina estaba llena de cacharros, de blanca harina en polvo sobre la encimera negra. Había que hacer sitio para calentar la comida, la mitad de unas patatas con chocos que habíamos guardado en el congelador.

Miguel asomó por la cocina. Iba a comer rápido antes de salir para el trabajo.

  • ¿Qué estás haciendo?
  • Te estoy haciendo de pinche
  • ¿A mí?
  • Si, es broma, sé que hoy no puedes, pero no he encontrado otro momento para hacer los mantecados de tía Mari
  • ¿Mantecados de tía Mari? ¿Los vas a hacer tú? ¿Sólo?
  • Sí, mamá tiene clase de italiano esta tarde, tampoco puede. Y en “la tesis” que ha elaborado para las comidas de navidad no había hueco otro día para hacerlos
  • Ja, ja, río Miguel
  • Ya que has venido, mira a ver cómo ves el punto de tueste de la harina
  • Yo creo que ya está, yo la sacaría ya. Si se tuesta demasiado se pone amarga
  • Vale gracias
  • Y, ¿qué crees que es mejor?, ¿tostar primero las almendras y luego molerlas o al revés?
  • Es mejor molerlas primero, se tostarán más rápido

Mi objetivo era tener todos los ingredientes tostados antes de que Elisa llegara a comer, pero no calculé bien el tiempo. Elisa casi entró en pánico cuando subió a la cocina y vio el panorama.

  • Lo tengo todo controlado, le dije para tranquilizarla

Elisa debió pensar que aquello no parecía de ningún modo estar controlado, pero se calló y procuró no mirarme directamente a la cara. Salió de la cocina y se fue hacia el salón, provista de su plato de chocos.

  • En seguida voy a la mesa, ve empezando tu
  • No tardes, me dijo

Me dejé molidas las almendras y mientras se tostaba la segunda tanda de harina me fui a comer, con el temporizador del reloj puesto. Comí rápido y volví a la cocina. Saqué la harina del horno, la vertí en un bol e introduje el ajonjolí. Puse el temporizador en diez minutos. Mientras tamicé la harina tostada con un colador para aplastar los grumos y la fui vertiendo en un bol grande de acero. Saqué el ajonjolí, lo puse en un bol de cerámica y metí las almendras en el horno. La removí y en quince minutos ya estaba tostada. La saqué y empecé a mezclar el cacao, la canela, el ajonjolí y las almendras con la harina.

Elisa entró en la cocina y metió el dedo en el bol y me dijo

  • Espera a que se enfríe antes de echar la manteca, la harina está demasiado caliente

Tenía que terminar sus deberes de italiano antes de irse a clase de modo que bajó para dar un repaso tumbada en la cama en el dormitorio.

Mientras esperaba que se enfriara la harina recogí y fregué los cacharros y dejé limpia la encimera.

Ahora, a meter las manos en la masa y a amasar como me enseñó tía Mari. Volví a rememorar aquella primera vez en la cocina de República Argentina. Metí las manos muy abiertas, cogí un gran puñado de harina y manteca y dejé que escurriera la mezcla entre mis manos. Las mismas sensaciones, los mismos olores. Tía Mari y Concha me miraban complacidas. La masa poco a poco iba cogiendo su consistencia. ¿Estará ya? Seguí amasando hasta que la masa permitía hacer una bola quebradiza. Elisa me había separado dos hojas de papel de hornear. Puse una sobre la tabla de madera, sobre ella una bola del tamaño de un melón de invierno pequeño, puse la otra hoja encima y empecé a aplanar la masa con el rodillo.

Elisa subió para despedirse y para ver cómo iba.

  • No la dejes muy gruesa
  • Ya que estás aquí, me puedes pasar un molde
  • ¿Qué molde quieres usar?
  • El que tiene forma ovalada
  • ¿No será mejor uno redondo más pequeño?
  • No, quiero hacerlos ovalados

Con el molde fui cortando la masa y colocándola en la bandeja en la que había tostado la harina. Llené la bandeja con la mitad de la masa. Había calentado el horno a cien grados. La receta decía que bastaban diez minutos a esa temperatura. Pero a los diez minutos me parecía que estaban igual que cuando los había metido. No se apreciaba ningún cambio a simple vista.

  • ¿Qué hago, tía Mari? ¿Los saco ya o los dejo un poco más?

Tía Mari no me respondió, naturalmente. Tenía que tomar yo mismo la decisión. Voy a dejarlos un poco más y voy a subir la temperatura del horno. Esperé otros diez minutos. Seguían aparentemente igual.

  • ¡Ay!, tía Mari, ¿qué hago?

Decidí sacarlos y ponerlos sobre una rejilla para dejarlos enfriar. Conformé el resto de los mantecados, que llenaron la segunda bandeja, y los metí en el horno. Puse el temporizador en quince minutos, con el horno a 140 grados y esperé. Los saqué y los puse en la rejilla con el resto. Estaban blandos, parecía que no estuvieran cocidos. Desde luego no tenían la textura que yo recordaba. Mire a mi alrededor. De nuevo la cocina parecía un desastre con cacharros sucios, harina salpicada y aquellos mantecados medio cocidos. Los probé y no reconocí el rico sabor que esperaba. Me sabían raros. Hui de la cocina convencido de que algo había hecho mal.

Decidí concentrarme en la preparación de la clase del día siguiente. Íbamos a escenificar la presentación a los clientes de las variantes de proyectos preparadas por los estudiantes. El taller del arquitecto de la comunidad, que hicimos la semana anterior en Arroyomolinos de León, funcionó bien en general. De hecho, volví muy contento. Pero los estudiantes no siguieron fielmente el método. Estaba intranquilo por los resultados. Tenemos el compromiso de entregar las ideas para la reforma de sus viviendas a las propietarias. El trabajo tiene que ser profesional.

La tarde fue avanzando y se acercaba la hora en que Elisa volvería de clases de italiano. La cocina tenía que estar recogida para entonces. Tenía que salir a comprar papel de seda para envolver los mantecados. Elisa estaba convencida de que los encontraría en el chino de La Cruz Verde. Salí de casa, pregunté al entrar y el hijo de la dueña, ¡qué alto está!, me indicó dónde encontrarlos al final de un pasillo. Elegí un pliego de color rojo y otro azul y volví a casa.

Al entrar en la cocina los mantecados ya no eran los mismos que dejé. Habían endurecido al enfriarse la manteca. Ahora sí reconocía la consistencia. Miré el reloj. Elisa no iba a tardar en llegar. Fui al salón para recortar el papel de seda. Partí los pliegos en tiras y luego en rectángulos. Cogí una lata roja redonda y volví a la cocina. Había que espolvorear los mantecados con el azúcar glaseado y envolverlos. Puse la rejilla sobre la bandeja y empecé la operación, con ayuda de un colador. ¡Nevados estaban más bonitos!

Me lavé las manos y cogí el móvil para hacer una foto de los cuatro primeros mantecados. Los compartí en el grupo de whats-Up de la familia Pérez. Blanca, Álvaro y Clara estaban a punto de empezar su viaje desde Toronto a Sevilla. A pie de foto escribí:

  • He hecho mantecados de tía Mari para daros la bienvenida.
  • Estupendo, contestó Blanca, vamos camino del aeropuerto

Puse el primer mantecado sobre uno de los rectángulos de papel rojo. Los he cortado un poco justos, va a costar liarlos. Mira que Elisa siempre me advierte que no me quede corto y yo nada, apurando siempre. Con dificultad, pero se dejaban liar. Los fui metiendo en la caja y en esas estaba cuando llegó Elisa.

  • ¿Has estado toda la tarde en la cocina? No pudo ocultar un tono de decepción cundo dijo ¡Esperaba encontrarme la cocina ya recogida!
  • No, he estado trabajando. Los dejé enfriar convencido de que algo había salido mal
  • Prueba uno, creo que no han salido mal
  • Um! ¡Están muy ricos, están como los recuerdo!
  • ¡Qué bien! En seguida termino de liarlos y recojo todo

Fui llenando la caja, alternando mantecados azules y granas hasta llenar la lata. Me sentía orgulloso de mi trabajo. ¡Los he hecho, tía Mari!

El día veinticinco, la familia se reunía en nuestra casa. El veintitrés habíamos comido un cocido que le salió a Elisa espectacular y habíamos reservado la carne picada, mezclada con huevo duro, para hacer un pastel de Cierva. Elisa Madre vino a casa por primera vez tras sus dos operaciones de rodilla. No las teníamos todas con nosotros de que fuera posible. Pese a que todo había ido bien le cuesta mucho salir de su casa, se siente insegura. Pero finalmente vino y se alegró de estar rodeada de sus hijas y nietos. Solo faltaba Guillermo para que estuviera plenamente feliz. Disfrutó del pastel y al llegar al postre le tenía reservada la sorpresa. Cogí la lata de encima del armario. Le di un mantecado envuelto y le pregunté. ¿A ver qué te recuerda?

  • ¡Son los mantecados de mi madre! ¡Están muy buenos! ¿Los has hecho tú?
  • ¿De dónde has sacado la receta?
  • Del libro de recetas de mi madre. Tía Mari les dio la receta, los hicieron y los incluyeron en el libro de recetas que nos regalaron a todos los hijos
  • Para mi siempre serán los mantecados de mi madre.

Fin

Esteban de Manuel Jerez
Soy profesor de la Universidad de Sevilla y activista social por el derecho a la ciudad y la Justicia Global. Premio del concurso internacional Dubai ONU-HABITAT de Mejores Prácticas de Políticas Urbanas Nacionales. Cofundé la revista científica Hábitat y Sociedad. Soy responsable del grupo de investigación ADICI especializado en Investigación Acción Participativa y Aprendizaje y Servicio aplicados a la Producción y Gestión Social del Hábitat. Co-fundador de Arquitectura y Compromiso Social (1993-2015) Colaboro con la consultora Taller Ecosocial. Publico ensayos de opinión en El Pais, ABC, Diario.es, El Salto Diario, Diario de Sevilla, Sevilla Directo y periódico IDEAL de Granada

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