Desde que nacemos aprendemos a ejercer nuestra libertad dentro de unos límites. Sin embargo nuestro compartimento económico se produce desde el desconocimiento de los límites sociales y ecológicos de nuestro modelo de producción y consumo. Superados los límites planetarios por la civilización industrial, la humanidad tiene el enorme reto de reaprender a vivir dentro de estos límites.

Desde que nacemos aprendemos a ser libres y autónomos respetando unos límites. Nuestros padres y educadores nos enseñan a respetar los límites por nuestra propia seguridad y para hacer posible la convivencia pacífica con los demás. Aprendemos a jugar aprendiendo las reglas del juego. Estas reglas establecen límites sobre lo que podemos y no podemos hacer. Ser libres no es hacer lo que nos apetece cuando nos apetece como pretende el populismo neoliberal. Vivimos en familia, en comunidades y en sociedades complejas de las que dependemos para sobrevivir. Es algo que hemos aprendido con la pandemia. Necesitamos acordar reglas para regular la convivencia pacífica y segura y minimizar los conflictos.
También la disponibilidad de recursos naturales establece límites. Las sociedades de cazadores y recolectores, así como las agrícolas, los conocían bien y se adaptaron a ellos. Aprendimos a respetar los ciclos de las estaciones, a adaptar los cultivos al régimen de lluvia y al clima. Nuestras ciudades se establecían donde era posible disponer de agua y abastecerse de alimentos. Se adaptaban al clima y se construían con los materiales que era posible obtener en su proximidad.
Las ciudades de la civilización industrial, sin embargo, con su espectacular desarrollo tecnológico, fundamentado en el aprovechamiento de poderosas fuentes de energía fósiles, ya no necesitan establecerse donde hay agua, alimentos y otros recursos naturales y carecen, aparentemente, de límites para su desarrollo. Ni siquiera necesitan adaptarse al clima.
Un caso extremo es Dubai, ciudad de rascacielos de vidrio erigida en mitad del desierto, sostenida por el petróleo de su subsuelo, una muy abundante mano de obra importada, sin derechos, y los productos de la fábrica global. Es como una especie de ciudad satélite de una colonia marciana. Sin embargo, todas las ciudades dependientes de la economía global comparten con Dubai su dependencia absoluta de la economía global, de las energías fósiles y su vulnerabilidad ante las crisis globales. En Dubai, y en todo el mundo, quienes tenemos recursos nos hemos acostumbrado a movernos en vehículos climatizados desde nuestros hogares climatizados a nuestros lugares de trabajo climatizados, a llenar nuestras despensas con alimentos que recorren de media 4.000 km y a abastecernos de productos de consumo fabricados en China.

La civilización industrial se ha fundado sobre la creencia, propia de la adolescencia, de que no hay límites y con la globalización neoliberal esta creencia se ha extendido y calado profundamente en nuestra mentalidad y hábitos cotidianos. Quienes formamos parte de las sociedades de consumo de masas no somos plenamente conscientes de que esto ha sido posible porque hemos dispuesto de unas poderosas y abundantes fuentes de energía. Fuentes de energía que costó millones de años producir y que vamos a consumir en apenas tres siglos. Estamos literalmente viviendo de la herencia recibida sin pensar en qué pasará cuando se agote. Y al hacerlo no sólo rompemos lazos de solidaridad con quiénes quedan excluidos de la sociedad de consumo. También rompemos la solidaridad intergeneracional que es la piedra angular de la supervivencia de las especies.

Vivimos como si hubiéramos encontrado un juego en el que es posible crecer sin límites. La teoría del desarrollo establecida por Rostow en 1960 equipara crecimiento del P.I.B. al desarrollo y establece cómo los países en «vías de desarrollo» pueden seguir la senda de los «países desarrollados», subiendo peldaño a peldaño hasta convertirse en en sociedades de consumo de masas. Las sociedades de consumo de masas son la expresión máxima del desarrollo, las protagonistas del Final de la Historia. Desde 1960 la economía global no ha parado de crecer como expresa la gráfica. Ahora bien, ¿es posible que todos los países sigan la senda de los países desarrollados?

La réplica inmediata a esta teoría vino en los años 60 desde la Teoría de la Dependencia que señalaba que los países desarrollados lo eran porque se beneficiaban por mecanismos coloniales y neocoloniales de la extracción de las materias primas de los países «subdesarrollados». Las relaciones desiguales entre los países centrales y periféricos, en términos de poder, determinan su nivel desarrollo. Desde esta teoría, por lo tanto, no es viable que todos los países sigan los pasos de los países desarrollados porque el desarrollo de estos depende del subdesarrollo de los otros. Este tema fue magníficamente estudiado y desarrollado por Ramón Fernández Durán en su libro de referencia La Explosión del Desorden. La metrópoli como espacio de la crisis global.

La pregunta sobre si es posible que todos los países sigan la senda de los desarrollados encontró respuesta también desde la ecología que la abordó desde el estudio de los límites ambientales del crecimiento.

En 1972, muy poco después de que las primeras imágenes de la Tierra desde el espacio cambiaran para siempre nuestra percepción del planeta que habitamos, el informe al Club de Roma presentado por los científicos Donella y Dennis Meadows, Jorgen Randers y Williams Bherens, demostró que la actividad económica tendría que producirse dentro de los límites planetarios de disponibilidad de recursos y de la capacidad del propio ecosistema de absorber nuestros residuos contaminantes sin alterar las condiciones que hacen posible la vida. De no hacerlo, las gráficas de recursos y de población seguirían una forma similar, y no la recta creciente de la teoría económica clásica. Es una campana de Gauss en la que la línea creciente se va haciendo horizontal antes de empezar a decrecer.

Como veremos más adelante, la gráfica de extracción de los recursos energéticos de origen fósil, que son la base energética de la civilización industrial, nos muestra un límite al crecimiento que no podemos ignorar. Desde 1972, es decir, desde hace 50, sabemos que si no cambiamos de rumbo y aprendemos a vivir dentro de los límites estamos abocados a que la civilización industrial colapse.
La década de los 70 fue la de la primera crisis energética de la civilización industrial. La salida a esa crisis se produjo vía globalización económica neoliberal de los ochenta y noventa. La fábrica global se trasladó de las naciones desarrolladas al sudeste asiático, a China e India, países «en desarrollo». La llamada «deslocalización», que arrasó las áreas industriales de Europa y Norte América, fue promovida por la industria y los gobiernos de los países desarrollados para reducir costes sociales e incrementar las oportunidades de acumulación de capital. Desde entonces el capitalismo se hizo fundamentalmente financiero y la producción fabril pasó de estar en el centro a estar en la periferia, en el sudeste asiático y China. Paralelamente, la generalización de las políticas neoliberales ha ido erosionando las bases del Estado de Bienestar que disfrutaban las sociedades del Norte Global y ha disparado la desigualdad.
En el año 1988, por primera vez, la humanidad superó el límite de la capacidad planetaria. Desde ese año el déficit ecológico, medido como diferencia entre nuestra huella ecológica y la capacidad de bioproducción del planeta, no ha dejado de crecer. Cada año agotamos antes nuestros recursos y cada año superamos en un mayor porcentaje la capacidad del planeta. Este año 2021 el agotamiento de los recursos disponibles para el año se produjo el 29 de julio a nivel global. Pero, como veremos a continuación, hay países que no llegan a alcanzarlo y hay otros que lo alcanzan en abril.

Prácticamente al tiempo que la humanidad superaba los límites planetarios se estableció el concepto Desarrollo Sostenible por parte de la Comisión Brutland en 1987. Se definió como aquel “que satisface las necesidades del presente sin comprometer la habilidad de generaciones futuras de satisfacer sus propias necesidades”. Definición que, siendo válida, no ha servido para avanzar hacia el objetivo. Desde entonces hasta ahora el déficit ecológico no ha cesado de incrementarse al tiempo que las necesidades sociales de gran parte de la humanidad están lejos de alcanzarse y la desigualdad no ha parado de crecer como veremos más adelante.

La gráfica que representa a los países en función de su Índice de Desarrollo Humano y su Huella Ecológica nos ofrece una imagen muy esclarecedora. Un país se puede considerar desarrollado si consigue elevados niveles de ingresos, educación y esperanza de vida. Esta condición la cumplen los países que están por encima de la línea horizontal que marca un Índice de Desarrollo Humano por encima de 0,8. Por otra parte un país se considera que tiene un desarrollo sostenible si consigue esos niveles de ingresos per cápita, salud y esperanza de vida sin agotar la capacidad bioproductiva de su territorio, representada por el límite vertical que señala una Huella Ecológica inferior a 1,8 Ha/hab. El cuadrado superior izquierdo es el lugar al que deberían tender todos los países y hoy está prácticamente vacío. Unos países tienen déficit de desarrollo y otros exceso de huella ecológica. Todos deberían hacer esfuerzos por confluir en dicho cuadrante. ¿Pero es ello posible siguiendo el actual modelo de producción y consumo?
China está consiguiendo llegar al umbral de 0,8 Ha/hab para lo cual ha duplicado su huella ecológica desde 1960, que hoy es de 2,1 Ha/hab. China ha hecho lo que la teoría del desarrollo de Rostow dijo que tenía que hacer, se ha industrializado y está conformando una sociedad de consumo de masas. Su economía seguía creciendo por encima del 6% anual antes de la pandemia. Este crecimiento ha ido acompañado del crecimiento de recursos energéticos y materiales y ha disparado sus emisiones de CO2 y con ello la crisis climática. Este enorme crecimiento del país más poblado de la Tierra que, hoy es la fábrica del mundo, ha acelerado el desbordamiento de los límites planetarios.

Este desbordamiento de los recursos planetarios se hace especialmente evidente en el abastecimiento de energía cuya base la componen las energías fósiles que proporcionan más del 85% de la energía primaria global. La gráfica muestra la curva de extracción de todos ellos y evidencia que antes de 2025 nos vamos a enfrentar a una grave crisis energética, anunciada por la Agencia Internacional de la Energía, debido a que la creciente demanda mundial de energía, al ritmo del crecimiento del PIB global, ya no va a poder ser satisfecha con la suma de energías fósiles, uranio y renovables. La consecuencia será una crisis económica que impedirá seguir creciendo. La economía se tendrá que acoplar a la disponibilidad de energía y de materiales.

En la Cumbre de Paris de 2015 la comunidad internacional suscribió los Objetivos de Desarrollo Sostenibles para 2030 sobre la base del crecimiento económico, expresado en el objetivo 8. Hemos construido un amplio consenso internacional sobre la hipótesis de que para reducir la desigualdad y generalizar el acceso a los derechos es preciso seguir creciendo. Pero ese crecimiento, a medida que vaya chocando con los límites energéticos y materiales, no va a ser posible y va a incrementar las tensiones y conflictos por el acceso a los recursos.
A pesar de que se habla mucho de la desmaterializacion de la economía y de desacoplamiento entre crecimiento económico y crecimiento de las emisiones de CO2, lo cierto es que la gráfica que representa la concentración de CO2 en la atmósfera no ha parado de crecer linealmente hasta el día de hoy, de forma proporcional al crecimiento del P.I.B. mundial. El Cambio Climático está llegando al punto de no retorno y la situación es de emergencia, tal y como dejó claro el informe del Panel de Expertos del Clima (I.P.C.C.) a la Cumbre del Clima de 2018.

Dado que no es posible el crecimiento ilimitado en un planeta finito necesitamos un nuevo enfoque, un nuevo modelo de desarrollo ajustado a los límites planetarios con un pacto social global que permita el acceso equitativo a las necesidades básicas. Es un pacto que pertenece a la esfera social y política y que choca con la económica, pero que resulta inalcanzable si sólo se deja operar libremente a las fuerzas económicas con su desigual estructura de poder. Se requiere un acuerdo democrático de gran alcance que permita un cambio de rumbo antes de que sea demasiado tarde. Y cada vez es más evidente que el principal obstáculo para conseguirlo se encuentra en los poderosos intereses económicos en juego y su capacidad para determinar el escenario político y poner límites a lo que democráticamente podemos hacer o no hacer.

Sin embargo, junto con esta manera de ver el problema convive otra más optimista, y hoy por hoy mayoritaria, que considera que es posible seguir la vía del crecimiento verde. Es una vía por la que están apostando grandes empresas, incluidas empresas de energía fósil, con el apoyo de la mayor parte de los partidos políticos. ¿Es esta la solución? Esta vía afirma que es posible mantener el sostenimiento de nuestras sociedades de consumo de masas cambiando el modelo energético hacia uno renovable y avanzando en economía circular. Ambas líneas de cambio son desde luego necesarias pero no suficientes. No permiten sostener la vía del crecimiento de manera indefinida. Es una vía que ignora los límites materiales de la propia transición energética como ahora veremos.
Nada en la vida crece indefinidamente y la economía tampoco puede hacerlo, admitámoslo de una vez y maduremos, dejemos atrás la adolescencia. La edad adulta se alcanza cuando cesa el crecimiento y no pasa nada, se puede seguir viviendo.
Este tema requiere un análisis más detallado pero las evidencias científicas demuestran que hay límites materiales para la transición energética, estudiados por Elisa Valero. Ramón Fernández Durán y Luis González Reyes abordaron en profundidad, en su libro En La Espiral de la Energía, la cuestión de cómo el cambio de base energética conlleva históricamente un cambio de naturaleza civilizatoria. Una civilización basada en energías renovables no será una civilización industrial de consumo de masas como la que conocemos. La civilización industrial es inviable en la era post energía fósil. Antonio Turiel ha estudiado a fondo el complejo tema de la crisis energética una vez superados el zenit en la capacidad de extracción de combustibles fósiles. El proyecto MEDEAS, por su parte, ha abordado los escenarios de futuro de la transición energética y concluye que sólo es posible el escenario que contempla una reducción significativa del consumo energético actual.
La vía del Crecimiento Verde tiene el atractivo de que confía en que el mercado la va a impulsar porque es negocio y confía en que los problemas del cambio climático los resolverán complejas tecnologías de geoingeniería sin necesidad de cambios en el modelo de producción y consumo. Es una vía optimista que lamentablemente, en la medida que precisa un acelerado proceso de extracción de materiales para hacerla posible, acelerará el colapso ambiental, climático, energético y material y, por tanto, conllevará un altísimo coste social.
Necesitamos cambiar de rumbo. Un cambio de rumbo ecológico, por tanto sociológico. Necesitamos aprender a vivir dentro de los límites y para eso necesitamos cuestionar las formas de pensar, la forma de actuar y los valores subyacentes de la sociedad de consumo de masas que nos han traído hasta aquí y que nos llevan al colapso. Un cambio de rumbo que es de naturaleza civilizatoria y que por tanto desborda al cambio político. Un cambio que sólo será posible impulsándolo de abajo a arriba.
Para ese cambio de rumbo necesario es preciso tener una brújula que nos oriente en el camino hacia ese objetivo. ¿Qué límites planetarios críticos hemos superado? ¿Qué necesidades sociales básicas no están universalmente satisfechas? Tales son las preguntas a las que debemos responder y hacia las que se deben dirigir nuestros esfuerzos.

La economista Kate Raworth, en su teoría de la Economía Rosquilla, representa el marco en el que la actividad económica y social deben desenvolverse entre dos círculos. El círculo de radio menor marca el suelo social, la satisfacción de las necesidades humanas. El círculo de radio mayor señala el techo ambiental que no debe ser superado. Tanto necesidades sociales como límites ambientales son medidos con indicadores. La gráfica muestra en rojo las necesidades sociales no cubiertas y los límites ambientales superados. Los límites ambientales ya superados son la pérdida de biodiversidad, la conversión de tierras, la carga de nitrógeno y fósforo y el cambio climático. En cuanto a las necesidades sociales no cubiertas destacan déficits en salud, acceso a la vivienda, el la energía, el agua y alimentos, la inequidad social, el acceso al trabajo y a una renta mínima y a la participación política.

Reducir la huella ecológica al tiempo que se satisfacen de manera universal las necesidades humanas requiere un enfoque que resitúe la economía al servicio de las necesidades humanas y en equilibrio con los recursos planetarios. Un enfoque de largo plazo centrado en universalizar los derechos humanos de las generaciones presentes y futuras. Es una cuestión de naturaleza cultural, ética y política en la que es preciso enfrentar grandes resistencias por parte de los beneficiarios responsables de la crisis global. Es un cambio que, como todos los cambios civilizatorios, es progresivo y se produce de abajo a arriba. Un cambio que ya ha empezado. Aunque todavía está en fase minoritaria ya nos muestra cómo podemos satisfacer y organizar nuestras sociedades de otro modo.
Las 8 R que propone el decrecimiento nos estimulan a cuestionar los valores que nos conducen a un callejón sin salida, a un más que probable colapso civilizatorio por desbordmiento de los límites. Y nos estimula a repensar cómo organizamos de otra manera la producción y el consumo de alimentos, de energía, la gestión de los recursos naturales, cómo reorganizamos nuestras ciudades y territorios, para vivir dentro de unos límites seguros. Esto será el tema que abordaremos en los siguientes artículos.

Comentarios
Mar Rodríguez Prieto
6 de enero de 2022Claridad meridiana. Redacción impecable. Alentador mensaje. Excelente activista. Completísima formación. Magnífico pedagogo de ejemplar humildad. Bellísima persona por fuera y por dentro.
Un ejemplo a seguir y una sonrisa a imitar.
Gracias, Esteban.
Esteban de Manuel Jerez
16 de enero de 2022Gracias Mar, un abrazo
Felix
9 de enero de 2022Meridianamente claro y cargado de energía positiva, de Esperanza. Gracias Esteban
Esteban de Manuel Jerez
16 de enero de 2022gracias a ti Félix
Humberto González Ortiz
9 de enero de 2022Excelente artículo… Nos lleva necesariamente a la reflexión y a la acción para parar y repensar nuestro futuro humano. Gracias Manuel! Lo comparto!
Abrazos fraternos amigo!
Esteban de Manuel Jerez
16 de enero de 2022gracias Humberto, un abrazo
Benigno Varillas
9 de enero de 2022Estoy, por supuesto, de acuerdo en todo lo que dice, salvo en el gran error de equiparar las primeras sociedades agrarias a las de los cazadores recolectores, error que yo cometí hasta 2011. La domesticación fue el principio del fin, y de aquellas tempestades estos lodos, como dijo ya Félix Rodríguez de la Fuente en 1975. El mundo rural tradicional estaba basado en la bomba demográfica, elevada a mandato divino del primer patriarca de la historia, allá por hará 9.000 años nada más, un momento al lado de los 300.000 años que fuimos sensatos y libres de esclavos
Leonardo Olivares
10 de enero de 2022Un planteamiento claro y directo. Ojalá el optimismo del autor contagie a una sociedad que pierde valores año tras año. Creamos y luchemos por el cambio, decía una cita de la que no recuerdo el autor: Lo inverosímil es lo que más se parece al milagro.
Inmaculada
15 de enero de 2022Excelente artículo! Lo comparto
Esteban de Manuel Jerez
16 de enero de 2022Gracias!
Esteban de Manuel Jerez
3 de febrero de 2022Gracias Inmaculada, un abrazo
mara
15 de enero de 2022Estupendo artículo, lo usaré para mis estudiantes de sociología ecológica en el Grado de Sociología de la Universitat de València.
Un comentario:
Llama la atención que el factor ineliminable de la cantidad y crecimiento de la población humana global en la Tierra no se contemple dentro de la ecuación de los factores históricos de la sostenibilidad ecológica y social, y de los crecientes impactos destructivos antropogénicos.
Este es un déficit teórico de un análisis, que por ello resulta «optimista» y distorsionador en el diagnóstico y en las propuestas del deseable decrecimiento consciente, voluntario y relativamente benigno en un planeta materialmente finito devastado y enfermo, y en una Gaia orgánica iracunda que esta reaccionando aceleradamente alterando las condiciones climáticas templadas, las que resultaron bondadosas durante 12000 años de Holoceno, haciendo posible y permitiendo la expansión y el auge de los humanos en la Tierra.
Esta ignorancia social y políticamente instituida sobre la condición de plaga humana en nuestro confinamiento terrestre, se ha convertido en un tabú sobre los límites materiales planetarios referidos al factor demográfico. Este referente oculto potencia ideologías zombis terraplanistas y «extraterrestres» al uso, carentes de toda racionalidad ecológica y base empírica. Abunda en los que se autodenominan de izquierdas.
Si en la nevera solo tengo dos docenas de huevos y vienen 200 comensales a mi casa para estar una temporada, no solo tengo el problema de cómo «repartir» justamente la comida entre tantos invitados. También tengo el problema de la escasez crónica y las imposibilidades asociadas a la cantidad total de huevos disponibles que tengo en la nevera.
Cantidades globales y reparto, aluden a dos realidades y problemas ontológicos distintos, conviene no suplantar uno por otro. Por ello las acciones que se tomen han de ser distintivas para cada uno, no ha de disimularse o negarse el problema del continuado crecimiento demográfico global de los humanos en una Tierra finita.
Estos dogmas abundan en la izquierda en general, y en la izquierda crítica anticapitalista y antiglobalizadora, que reducen e idealizan el problema propio y sui generis del desajuste radical entre cantidad de población humana y recursos biofísiicos. Este integra a su vez la solidaridad con los seres y ecosistemas no-humanos y la consecuente necesidad de espacios ambientales «liberados» para el resto de especies no-humanas, puesto que son quienes producen sin descanso y colaboran en el engendramiento de las condiciones gaianas de habitabilidad para otros seres y para los humanos.
Estas ideologías petrificadas contra la reducción consciente, voluntaria y no traumática de la población humana, simplifican y alteran arbitrariamente la realidad implicada en la escala y las cantidades globales (de gente, y de bienes y servicios naturales), que no pueden reducirse a un simple asunto de dominación y reparto inequitativo muy desigual entre las distintas sociedades humanas.
A partir de ello, este terraplanismo antimalthusiano defiende la opción terriblemente trágica y suicida: la población humana puede seguir expandiéndose. Es decir, defienden que sea entonces la propia Gaia alterada y sus nuevos equilibrios sistémicos, quien se encargue violentamente de la imperativa contracción de la población humana global y la muerte de multitudes. Con ello se niega que el crecimiento poblacional sea un problema ecológico planetario y de sostenibilidad ecológica en el tiempo de primer orden.
¡Como si acaso el simple reparto igualitario comportara automáticamente la supervivencia y un bienestar digno universalizables!.
Este inmovilismo reaccionario de las izquierdas continua atrapado por las tradicionales metas emancipatorias heredadas (liberales o socialistas), que encerradas en la arrogancia antropocéntrica hacen defensa de un «solucionismo mágico» y negacionista ante los colosales problemas asociados a nuestra condición de plaga para Gaia y para el resto de entidades y seres no-humanos
Los conocimientos de la ecología y el ecologismo son neomalthusianos, siempre ha sido así, se sepa o no se sepa por parte de las luchas ecológicas colectivas y los actores que las llevan adelante.
Conviene leer el reciente texto de Ernest García que rescata los proféticos análisis de MALTHUS para la teoría sociológica, para la teoría sociológica fundada ecológicamente, y para el mejor conocimiento científico-social:
ECOLOGÍA E IGUALDAD. HACIA UNA RELECTURA D ELA TEORÍA SOCIOLÓGICA EN UJN PLANETA QUE SE HA QUEDADO PEQUEÑO.
ED. Tirant Humanidades, Valencia, 2021.
Esteban de Manuel Jerez
16 de enero de 2022Estoy de acuerdo con el comentario. Obviamente la población humana también tiene límites de crecimiento y es preciso promover su autocontención. De hecho si, como en ocurre con los recursos, si no reducimos su consumo y los gestionamos de otra manera de forma voluntaria, la población humana se va a reducir como consecuencia del colapso con gran sufrimiento social.
Jos Framis Bach
18 de enero de 2022Reducción de armamento y diálogo para La Paz.
Los problemas vienen para despertar.
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